martes, 24 de agosto de 2010

A LA DERIVA


HORACIO QUIROGA

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!

-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.

-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración...

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves...

Y cesó de respirar.

lunes, 14 de junio de 2010

miércoles, 14 de abril de 2010

LA REVOLUCIÓN ES UN SUEÑO ETERNO



LA REVOLUCIÓN ES UN SUEÑO ETERNO DE ANDRES RIVERA

Haz click en el enlace de la columna lateral "TEXTOS COMPLETOS" para poder leer el texto completo

domingo, 11 de octubre de 2009

PROYECTO BIBLIOTECA DIGITAL ARGENTINA





Proyecto realizado por la Fundación Noble.
seguir este enlace: http://www.clarin.com/pbda/
"CORPUS DE LA BIBLIOTECA DIGITAL ARGENTINA
Está integrado por las obras más representativas de nuestra literatura
y también por aquellas de difícil acceso. Así, novelas, ensayos, relatos,
biografías, obras teatrales, crónicas y poesías estarán al alcance de
diversos usuarios: lectores corrientes y lectores especializados.
La biblioteca se actualizará, con el agregado de nuevas obras,
en forma permanente.

OBRAS QUE CONTIENE EL PROYECTO
Reproduce aquellas obras que pertenecen al corpus de la literatura
argentina y que, por imperio de la Ley 11.723, han pasado al dominio
público. El mencionado texto legal impone tal dominio, ya que las obras
se encuentran protegidas por el derecho de propiedad intelectual hasta
70 años desde de la muerte de su autor (contados desde el
1 de enero del año siguiente de su fallecimiento).

Se publica on line el texto íntegro de la obra siguiendo, para ello,
rigurosos procesos de control y edición. Se respetan, dentro de lo
prudente, las características de las versiones originales.
Si alguna forma ortográfica arcaica o en desuso se transformara
para facilitar la lectura, se aclarará oportunamente.

ORGANIZACION DE LA BIBLIOTECA
La organización aprovecha los beneficios de catalogación de datos
que ofrece Internet, lo que permite acceder a contenidos previamente
clasificados y ordenados. Asimismo, el sitio cuenta con enlaces a
bibliotecas electrónicas, bibliotecas nacionales y otros sitios de literatura."

BIBLIOTECA DIGITAL MUNDIAL -

Artículo publicado en LA NACIÓN
Patrimonio Universal / Documentos al alcance de todos

Lanza hoy la Unesco la

Biblioteca Digital Mundial

Reúne mapas, textos, fotos, grabaciones y películas de todos los tiempos

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Martes 21 de abril de 2009 | Publicado en edición impresa

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Lanza hoy la Unesco la Biblioteca Digital MundialUn códex azteca del año 1531 Foto: Imágenes UNESCO

Luisa Corradini
Corresponsal en Paris

PARIS.- Por primera vez en la historia, la Unesco pondrá hoy en línea una Biblioteca Digital Mundial (BDM), de acceso gratuito, para mostrar y explicar en siete idiomas las joyas y reliquias culturales de todas las bibliotecas del planeta.

"Es la primera iniciativa de envergadura mundial y tiene, sobre todo, carácter patrimonial", anticipó ayer a LA NACION Abdelaziz Abid, coordinador del proyecto impulsado por la Unesco y otras 32 instituciones.

El funcionario tunecino explicó que la BDM no ofrecerá documentos corrientes, sino "con valor de patrimonio, que permitirán apreciar y conocer mejor las culturas del mundo en idiomas diferentes: árabe, chino, inglés, francés, ruso, español y portugués. Pero hay documentos en línea en más de 50 idiomas".

Tercera biblioteca digital en importancia -después de Google Book Search y el nuevo proyecto europeo, Europeana-, la BDM reunirá material universal invalorable: desde antiguos documentos de caligrafía antigua persa y china hasta los primeros mapas del Nuevo Mundo, pasando por pinturas rupestres africanas que datan de 8000 años a.C.

"Entre los documentos más antiguos hay algunos códices precolombinos, gracias a la contribución de México, y los primeros mapas de América, dibujados por Diego Gutiérrez para el rey de España en 1562", explicó Abid.

Los tesoros incluyen el Hyakumanto darani , un documento en japonés publicado en 764 y considerado el primer texto impreso de la historia; un relato de los aztecas que constituye la primera mención del niño Jesús en el Nuevo Mundo; trabajos de científicos árabes desvelando el misterio del álgebra; huesos utilizados como oráculos y estelas chinas; la Biblia de Gutenberg; antiguas fotos latinoamericanas de la Biblioteca Nacional de Brasil y la célebre Biblia del Diablo, del siglo XIII, de la Biblioteca Nacional de Suecia.

Fácil de navegar

Cada joya de la cultura universal aparece acompañada de una breve explicación de su contenido y su significado. Los documentos fueron escaneados e incorporados en su idioma original, pero las explicaciones aparecen en siete lenguas.

La biblioteca comienza con unos 1200 documentos, pero ha sido pensada para recibir un número ilimitado de textos, grabados, mapas, fotografías e ilustraciones.

La idea fue concebida en 2005 por James H. Billington, director de la Biblioteca del Congreso de EE.UU.

El objetivo principal de la BDM son los jóvenes. La Unesco siempre consideró a las bibliotecas la continuación de la escuela. "La escuela prepara a la gente para ir a las bibliotecas, y hoy las bibliotecas se vuelven digitales", resumió Abid.

El proyecto fue desarrollado por un equipo de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, con la asistencia técnica de la Biblioteca de Alejandría y la Unesco, que movilizó a sus miembros para entregar contenidos de su patrimonio cultural.

Bibliotecas e instituciones culturales de Brasil, Egipto, China, Francia, Irak, Israel, Japón, Malí, México, Marruecos, Holanda, Qatar, Rusia, Arabia Saudita, Serbia, Eslovaquia, Africa del Sur, Suecia, Uganda, Gran Bretaña y Estados Unidos aportaron contenidos y experiencia. La Unesco confía en firmar contratos de colaboración con unos 60 países más antes de fin de año.

"Los países emergentes quieren ver cómo funciona esto para crear luego bibliotecas digitales nacionales", destacó Abid. En esos casos, la Unesco "proporcionará ayuda a sus miembros que no tengan medios técnicos o financieros para digitalizar sus fondos", precisó.

El desarrollo de la BDM costó más de 10 millones de dólares, que fueron financiados por donantes privados. Entre otros, Google, Microsoft, la Fundación Qatar, la Universidad Rey Abdullah de Arabia Saudita y la Corporación Carnegie de Nueva York. Según los expertos, será necesario más dinero a medida que la BDM aumente su caudal de documentos e incluya en esta maravillosa aventura a los países más pobres.

Cómo se accede al sitio global

  • PARIS.? Aunque será presentado oficialmente hoy en la sede de la Unesco, en esta ciudad, la Biblioteca Digital Mundial ya está disponible en Internet, a través del sitio www.wdl.org . El acceso es gratuito y los usuarios pueden ingresar directamente por la Web, sin necesidad de registrarse.

jueves, 8 de octubre de 2009

HAIKUS DE J. L. BORGES


Jorge Luis Borges
Diecisiete haiku
La cifra, 1ra ed. Buenos Aires, Emecé, 1981.
1ra ed. Madrid, Alianza Editorial, 1981. Col. Alianza Tres, 159.

1

Algo me han dicho
la tarde y la montaña.
Ya lo he perdido.


2

La vasta noche
no es ahora otra cosa
que una fragancia.


3

¿Es o no es
el sueño que olvidé
antes del alba?


4

Callan las cuerdas.
La música sabía
lo que yo siento.


5

Hoy no me alegran
los almendros del huerto.
Son tu recuerdo.


6

Oscuramente
libros, láminas, llaves
siguen mi suerte.


7

Desde aquel día
no he movido las piezas
en el tablero.


8

En el desierto
acontece la aurora.
Alguien lo sabe.


9

La ociosa espada
sueña con sus batallas.
Otro es mi sueño.


10

El hombre ha muerto.
La barba no lo sabe.
Crecen las uñas.


11

Ésta es la mano
que alguna vez tocaba
tu cabellera.


12

Bajo el alero
el espejo no copia
más que la luna.


13

Bajo la luna
la sombra que se alarga
es una sola.


14

¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?


15

La luna nueva
ella también la mira
desde otro puerto.


16

Lejos un trino.
El ruiseñor no sabe
que te consuela.


17

La vieja mano
sigue trazando versos
para el olvido.


lunes, 28 de septiembre de 2009

BIOGRAFÍA DE TADEO ISIDORO CRUZ


JORGE LUIS BORGES
El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle, marchaban desde el Sur para incorporarse a las divisiones de López, hicieron alto en una estancia cuyo nombre ignoraban, a tres o cuatro leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo una pesadilla tenaz: en la penumbra del galpón, el confuso grito despertó a la mujer que dormía con él. Nadie sabe lo que soñó, pues al otro día, a las cuatro, los montoneros fueron desbaratados por la caballería de Suárez y la persecución duró nueve leguas, hasta los pajonales ya lóbregos, y el hombre pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las guerras del Perú y del Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo recibió el nombre de Tadeo Isidoro.
Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, sólo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda. La aventura consta en un libro insigne; es decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos (1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables repeticiones, versiones, perversiones. Quienes han comentado, y son muchos, la historia de Tadeo Isidoro, destacan el influjo de la llanura sobre su formación, pero gauchos idénticos a él nacieron y murieron en las selváticas riberas del Paraná y en las cuchillas orientales. Vivió, eso sí, en un mundo de barbarie monótona. Cuando, en 1874, murió de una viruela negra, no había visto jamás una montaña ni un pico de gas ni un molino. Tampoco una ciudad. En 1849, fue a Buenos Aires con una tropa del establecimiento de Francisco Xavier Acevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar el cinto: Cruz, receloso, no salió de una fonda en el vecindario de los corrales. Pasó ahí muchos días, taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levantándose al alba y recogiéndose a la oración. Comprendió (más allá de las palabras y aun del entendimiento) que nada tenía que ver con él la ciudad. Uno de los peones, borracho, se burló de él. Cruz no le replicó, pero en las noches del regreso, junto al fogón, el otro menudeaba las burlas, y entonces Cruz (que antes no había demostrado rencor, ni siquiera disgusto) lo tendió de una puñalada Prófugo, hubo de guarecerse en un fachinal: noches después, el grito de un chajá le advirtió que lo había cercado la policía. Probó el cuchillo en una mata para que no le estorbaran en la de a pie, se quitó las espuelas. Prefirió pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el hombro, en la mano izquierda; malhirió a los más bravos de la partida; cuando la sangre le corrió entre los dedos, peleó con más coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la pérdida de sangre, lo desarmaron. El ejército, entonces, desempeñaba una función penal; Cruz fue destinado a un fortín de la frontera Norte. Como soldado raso, participó en las guerras civiles; a veces combatió por su provincia natal, a veces en contra. El veintitrés de enero de 1856, en las Lagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del sargento mayor Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En esa acción recibió una herida de lanza.
En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o amancebado, padre de un hijo, dueño de una fracción de campo. En 1869 fue nombrado sargento de la policía rural. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. (Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa noche, un acto de esa noche, porque los actos son nues-tro símbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre. Los hechos ocurrieron así:
En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a un malevo, que debía dos muertes a la justicia. Era éste un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado en una borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas; el informe agregaba que procedía de la Laguna Colorada. En este lugar, hacía cuarenta años, habíanse congregado los montoneros para la desventura que dio sus carne a los pájaros y a los perros; de ahí salió Manuel Mesa, que fue ejecutado en la plaza de la Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de ahí, el desconocido que engendró a Cruz y que pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las batallas del Perú y del Brasil. Cruz había olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud lo reconoció... El criminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un largo laberinto de idas y de venidas; éstos, sin embargo lo acorralaron la noche del doce de julio. Se había guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi indescifrable; Cruz y los suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre secreto. Gritó un chajá; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento. El criminal salió de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la barba gris parecían comerle la cara. Un motivo notorio me veda referir la pelea. Básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los hombres de Cruz. Este, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad), empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los soldados junto al desertor Martín Fierro.

jueves, 17 de septiembre de 2009

YO EN EL FONDO DEL MAR

ALFONSINA STORNI

En el fondo del mar
hay una casa de cristal.

A una avenida
de madréporas
da.

Un gran pez de oro,
a las cinco,
me viene a saludar.

Me trae
un rojo ramo
de flores de coral.

Duermo en una cama
un poco más azul
que el mar.

Un pulpo
me hace guiños
a través del cristal.
En el bosque verde
que me circunda
—din don... din dan—
se balancean y cantan
las sirenas
de nácar verdemar.

Y sobre mi cabeza
arden, en el crepúsculo,
las erizadas puntas del
mar.

VOY A DORMIR.



Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
Una constelación, la que te guste;
Todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes…
Te acuna un pie celeste desde arriba
Y un pájaro te traza unos compases

Para que olvides… Gracias. ¡Ah!, un encargo:
Si él llama nuevamente por teléfono
Le dices que no insista, que he salido…

ALFONSINA STORNI

miércoles, 12 de agosto de 2009

EL PSICOANÁLISIS



VELMIRO AYALA GAUNA
En el amplio rancho donde funcionaba la comisaría de Capibara-Cué, se encontraban, en la mañana de un cálido verano, los más distinguidos representantes de la autoridad policial lugareña, vale decir, don Frutos Gómez, el comisario; Luis Arzásola, el oficial sumariante, y el cabo Leiva, amén de un agente que cebaba mate para los tres primeros.
La conversación, aburrida por falta de temas, se arrastraba de silencio en silencio, cuando Arzásola, de pronto, interrogó:
— ¿Conoce usted el psicoanálisis, don Frutos?
— No, m’hijo... Ese circo nunca vino por acá.
El cabo Leiva interrumpió diciendo:
— Circo lindo nicó era el Olivood, Joligú que le decían algunos que se daban de leídos. Traiban una mocita alambrera con unos pantaloncitos muy ajustados que sabía hacer unas pruebas de equilibrio muy difíciles.
— ¡Pero, no! No hablaba de eso, yo dije psicoanálisis.
— Ya te dije nicó que el “circo Análisis” no vino por acá, al menos desde que soy comesa-rio. ¿Gringos los dueños, pa?
— ¿Qué dueños?...
— Los del circo... los Análisis esos, pues.
— ¡Oh, señor! Parece que lo hicieran a propósito. Yo dije psicoanálisis, de “psico”, que quiere decir alma y “análisis”, investigación o sea la investigación del alma.
— ¿Y por qué pa no hablás en cristiano, m’hijo?... Yo a esos idiomas extranjeros no los entiendo.
— Yo sí... —dijo el cabo vanidosamente—. ¡Y hay que oír cómo hablamos con el “Mister” ‘e la estancia!
— ¡Pero si apenas sabés la castilla, qué vas a hablar en gringo!— se rió el comisario.
— Y de no, don Frutos. Fasilidá que tiene uno.
— Pero eso es imposible —exclamó el oficial—. ¿Cómo va hablar un idioma sin conocerlo?
— Yo no sé, pero cuando él me ve, me dice “Tuyuyú jú” (Cigüeña negra) y yo le contesto “Juera güey pirú” (Fuera buey flaco). Dispués me dice “Uruguay” y yo le rispondo “Paraguay”...
— iJa...ja!—se lanzó a reír Arzásola—. ¡Qué fantástico! ¿Sabe lo que pasa, comisario?
— No... Y si vos sabés, esplicate, pue...
— Muy bien. El inglés le dice “How do yo’u do”, que quiere decir “¿Cómo le va?” y cree que Leiva le contesta “Very well, thank you”, o sea “Muy bien, gracias”. Entonces se despide diciéndole “Good bye” que significa “adiós” y se va convencido que el cabo le ha contestado lo mismo. Lo que pasa es que en inglés esas palabras se pronuncian muy parecidas a lo que él entiende.
— ¡Vea si serán atravesaos los gringos pa la conversa!—dijo el aludido—. Si alguna ve me nuembran comesario del mundo yo le voy a obligar a todos a que haulen bien, así como haulamos nosotro u séase en castilla o en guaraní, lo idioma’el crestiano y no ese entreviero’e palabras.
— Bien —continuó el oficial— volviendo al psicoanálisis. Es una ciencia muy útil para la policía.
— ¡No me diga! —expresó don Frutos interesado.
— Sí, comisario. Mediante preguntas bien calculadas se con sigue que el delincuente sea delatado en sus respuestas por el subconsciente.
— ¡Qué lástima que aquí no haya subconciente! Supo haber un subcomisario y una vez vino un subteniente pa las elecciones, pero subconciente no conocí... ¿Y qué grado es? ¿Encima’e sargento, pa?
— El subconsciente... —prosiguió el oficial sumariante con inagotable paciencia— es aquella parte de...
— Parate, m’hijo... —interrumpió don Frutos— que aquí viene doña Moncha muy apurada... Vamos a ver qué le pasa.
La noticia que trajo la buena mujer fue que, cerca del boliche, detrás de un corral, habían encontrado malamente herido a don Casiano, el resero, por lo que lo habían llevado, sin pérdida de tiempo, a casa de doña Belén, la curandera.
Rápidamente fueron hacia el rancho de la “médica” y allí hallaron al hombre, con la cabeza y el hombro derecho vendados, en estado de semi-inconsciencia.
— ¿Qué tal, pa, doña Belén? ¿Hay peligro que se corte?...
— No, don Frutos... Ya dentró a bajarle la fiebre, pero va a tener pa rato...
— ¿No dijo nada?...
— Nada, se quejaba nomás...
El comisario lo observó detenidamente y volvió a preguntar:
— ¿Algún hachazo o qué?...
— Pa mí... —respondió la vieja—, un garrotazo que le agarró’e refilón la cabeza y le rompió l’islilla…
— ¡Ah!
— Endemás tenía los bolsillos’e la blusa daos güelta y sin un peso...
— Pa robarlo entonces jue...
— Sí, pero no le encontraron una bolsita llena’e plata que tenía colgada al pecho... Aquí está...
— Güeno —dijo don Frutos—. Voy a llevarla a la comesaría pa que allí la reclame cuando sane. De mientras cuídelo, doña.
— Pierda cuidado, don Frutos, como si juera’e la familia lo voy a tener...
Los policías se despidieron y fueron al lugar donde se había encontrado al herido. Numerosos árboles rodeaban el corral de palo a pique. Muy cerca de él pasaba un tortuoso sendero que, no lejos de allí, empalmaba con el camino real.
— Don Casiano haberá dejao el boliche medio en tranca y agarrao por aquí, como de costumbre, porque es más cerca —expuso el comisario.
— El malhechor, sin duda —intervino el oficial—, lo habrá esperado escondido detrás de esos troncos...
— Así parece —confirmó el superior.
Observaron el lugar donde el hombre había caído. El fino polvo estaba aplastado y conservaba malamente la forma del cuerpo. Unas manchas oscuras eran los rastros que quedaban de la sangre vertida. A su alrededor había confusas pisadas de hombres y animales. Revisaron concienzudamente el lugar y hallaron entre la hierba algunas monedas y una gruesa rama con rojizas señales.
— Con esto le pegaron —exclamó el oficial—. Si pudiéramos sacarle las impresiones digitales.
— No hace falta. Dejame estudear el asunto. Pa mí el creminal lo esperó escondido atrás ‘e ese paraíso y cuando el viejo Casiano pasó le abajó el garrotazo. Felizmente, de apurao o por la escuridá, le erró el viandazo y por eso le agarró el costado’e la cabeza y le rompió el huesito ése del hombro...
— La clavícula, señor...
— Será, pa nosotro es l’islilla. Dispués le revisó y le sacó la plata que encontró en la blusa.
— Si le acierta bien lo dijuntea —afirmó el cabo Leiva.
— Menos mal, así sólo tendremos que meterlo preso por robo y heridas y no por muerte, qu’es cosa más seria...
— Pero antes hay que saber quién es, señor.
— ¡Claro, pues!... Pero ya lo agarraremos. Ande ha de ir el güey que no are...
El comisario fue y habló con don Pedro el bolichero, luego consultó con los parroquianos que habían estado esa noche en el negocio. De un rancho se trasladó a otro, conversó, tomó mate, siguió conversando y tomando mates y cuando hubo efectuado todas sus averiguaciones quedó con dos sospechosos alojados en la comisaría.
Eran dos peones que habían conducido una tropa de hacienda para el carnicero y luego habían permanecido en el pueblo a la espera de otra ‘changa”.
Los dos habían estado en el negocio jugando al monte la noche anterior y salido con intervalos de minutos, un rato antes que don Casiano, y sus explicaciones no eran muy satisfactorias.
Uno decía que como había perdido todo lo que llevaba encima había ido hasta donde se alojaba a buscar más dinero y que, al volver, encontró el negocio cerrado por lo cual volvió a dormir.
El otro dijo que después que perdió los veinte pesos que se había propuesto arriesgar esa noche y para no caer en la tentación salió a caminar y se estuvo un rato largo sentado sobre una piedra a orillas del río.
Ninguno, sin embargo, pudo citar testigos o presentar pruebas en favor de su aserto.
— Pa mí —decía el comisario— es uno de estos dos... L’otra gente qu’estuvo esa noche son gente vieja’el pueblo y no son capaces’e una jechuría mesejante con don Casiano. ¿Y a vos qué te parece, oficial?...
— Yo comparto su opinión, señor...
— Güeno, pero ¿cómo hacemos pa saber quién es?...
— Si usté me deja, don Frutos —dijo el cabo Leiva— yo los hago hablar con una güena estaqueada...
— ¡No sea bárbaro, cabo!—saltó Arzásola—. Hay que proceder con métodos humanos. Déjemelos a mí...
— Güeno —accedió don Frutos— te los dejo hasta mañana. L’único que te pido es que los tengás sin comer y sin darles agua. ¡Total! Un día de ayuno no hace mal a ninguno...
Un poco a regañadientes el oficial consintió a esta última petición y procedió a interrogarlos.
Toda la noche estuvo valiéndose de las preguntas más sutiles sin ningún resultado. Finalmente gritó y amenazó, con gran contento del cabo Leiva y del agente de turno, pero tampoco obtuvo fruto alguno. Cuando, cansado, renunció a su tarea para ir a dormir, no había sacado nada en limpio.
Él también tenía el convencimiento de que uno de los dos era el culpable, pero no acertaba a determinar cuál de ellos era. Desesperado, acudió a sus libros y, a la mañana siguiente, después de saludar a don Frutos, dijo:
— Vea comisario. Ayer no conseguí nada, pero hoy espero tener éxito porque voy a aplicar el psicoanálisis.
— Metele nomás, muchacho... L’único que te repito es que los tengás sin comer y sin agua lo mesmo que si jueran a comulgar. Eso ayuda.
El oficial hizo traer a uno de los detenidos y le dijo:
— Le voy a decir una serie de palabras y usted me va a contestar lo primero que le venga a la cabeza. ¿Entendió?...
—No...
Una y otra vez repitió Arzásola su explicación y al fin logró hacerse entender.
Empezó:
— Blanco.
— Blanco.
— Rancho.
— Rancho.
— ¡Oh! dígame otra cosa, lo primero que se le ocurra.
— Y no se me ocurre nada, pues, sino lo que usté me dice…
Después de luchar media mañana decidió probar con el otro de modo diferente.
— Vea —le dijo—, aquí tiene una serie de palabras. Léalas y abajo de cada una escriba lo que le venga en gana, ¿sabe?...
— Sí, oficial, pero el caso es que no sé escrebir.
Viéndolo sudoroso y fatigado don Frutos le invitó:
— Mirá, mandalo adentro otra vez y descansá un poco...
—Gracias, don Frutos…
Cuando hubo cumplido el mandato y vino a sentarse junto al viejo, éste le preguntó, después de alcanzarle un mate:
— ¿Y cómo pa trabaja el sircoanálisi ése que decís vos?...
— En lo sustancial no es sino el estudio de las palabras o de los actos que dicen o realizan las personas en forma inconsciente, para relacionarlas con un hecho determinado.
— ¡...Cha que sos difísil. m’hijo! ¿Y qué pa e’inconsciente?...
— Lo que se hace sin pensar, en forma habitual y automática..., casi por costumbre, como usted, por ejemplo, cuando está preocupado, se tira de la barba...
— ¡Ajá!...
— Con esos actos el individuo, sin querer, se traiciona y suelta cosas ocultas.
Don Frutos pensó un rato y dijo:
— ¿Sabés que tenés razón, m’hijo? Mirá, no te preocupés má y dejame a mí que yo le voy a aplicar el sircoanálisi. A mí también me gusta el progreso.
Arzásola suspiró resignado y mansamente aceptó.
— Como usted quiera, don Frutos.
La siesta fue calurosa en extremo y los dos detenidos se desesperaban pidiendo agua al inmutable cabo o a los inconmovibles agentes.
Cuando después de su larga siesta apareció don Frutos en el local, ya lo estaba esperando Leiva.
— Mirá —dijo el viejo al cabo—. Andá a traerme unas naranjas, un plato y un cuchillo.
Cuando tuvo las cosas pedidas en su poder, el comisario acomodó sobre la mesa una naranja en un plato y a su lado colocó el cuchillo.
— Hacé pasar al más flaco —ordenó después.
El detenido vino y se quedó esperando, pensando en la clase de suplicio a que sería sometido.
— Sentate allí —invitó don Frutos— y tomate esa naranja. Dispués vamos a hablar.
Brillaron los ojos del sediento al oírlo y después de sentarse empezó a pelar la dorada esfera con todo cuidado, luego la succionó golosamente hasta la última gota, colocando las semillas en el plato.
— Ponete en el rincón y esperá —le dijo don Frutos enseguida.
Mandó al cabo que limpiase el plato y colocara sobre él una naranja y el cuchillo como antes.
Cuando el otro sospechoso oyó la invitación, se arrojó sobre la fruta, le arrancó un pedazo de cáscara de un mordisco y empezó a chuparla a los estrujones.
— Éste es... —sentenció don Frutos—. Metelo otra vez en el calabozo.
Después, dirigiéndose al del rincón, se disculpó:
— Perdoná, m’hijo, l’encerrona, pero tenía qu’encontrar al culpable y vos no tenías a naides que te hubiera visto junto al río, como dijiste. Andate nomás.
Arzásola, que no salía de su asombro, interrogó atónito:
— Pero, don Frutos, ¿cómo puede resolverlo con tanta seguridad? ¿Y si se equivoca?…
— ¡Qué me voy a enquivocar, m’hijo! El sircoanálisi no engaña...
— No entiendo, comisario.
— Sos lerdo, muchacho. ¿No les viste tomar naranjas a esos dos?
— Sí...
— Y güeno, el primero, a pesar de haber pasado desde ayer a la tarde sin probar agua, no se impacientó, peló la fruta con calma y puso las semillas en el plato; el otro, en cambio, anduvo a los empujones, se atropelló todo y tiró las cáscaras y semillas donde cayeran.
— ¿Y eso qué tiene que ver con don Casiano?...
— Que el que lo golpeó fue un atropellado que de puro nervioso le erró el garrotazo a la cabeza y le pegó solamente de refilón; dispués, de apurao, apenas si lo revisó por arribita y se jué... Perdé cuidado que si el culpable hubiera sido el primero no le fallaba ni un negro’e uña y luego le hubiera sacao hasta las medias pa ver si no tenía escondido algo. Estos tipos sin yel, tranquilos como agua’e tanque, son una cosa seria cuando les da por hacerse los malandras.
— Tiene razón, don Frutos.
— Güeno, y ahora vamos al boliche a tomar una cañita...
Salieron y a la media cuadra oyeron un alarido de angustia que erizó los pelos del oficial.
— ¿Y eso?... ¿Oyó, don Frutos?...
— Sí, pero no te apurés, muchacho. Es el cabo Leiva que le está aplicando el sircoanálisi a su modo al malevo ése pa hacerle firmar la confesión y averiguar ande ha escondido la plata que le sacó al viejo.


MODISMOS REGIONALES
• Nicó: voz guaraní sin significado real, pero que se usa para dar mayor énfasis a la expresión: “Yo nicó le dije”, por “Yo le dije”.
• Pa: otra voz guaraní con que se da mayor énfasis a la expresión.
• La castilla: el castellano.
• Hachazo: golpe dado con el filo del cuchillo o facón.
• Islilla: clavícula.
• Viandazo: argentinismo vulgar. Golpe dado generalmente con la parte plana del cuchillo o con cualquier otro objeto contundente.
• Changa: servicio o trabajo que se presta circunstancialmente, a cambio de una retribución; por extensión se designa a toda ganancia inesperada, que llega por vías no habituales.
• Monte: juego de cartas muy popular en nuestra campaña, en el que el banquero saca de la baraja cuatro naipes y volviéndola luego, va descubriendo naipe por naipe hasta que sale uno igual a otro de la mesa, el cual gana sobre su pareja.
• Estaqueada: castigo frecuente en los fortines o en los obrajes; consistía en atar con guaseas frescas, a cuatro estacas, las manos y los pies del hombre condenado a esa pena; al secarse, las guascas se ponían tensas y sometían a un verdadero martirio las coyunturas del reo.
• Encerrona: operación campera, durante la doma, en que otros jinetes encierran al caballo que monta el domador, impidiéndole que se aleje del lugar y facilitando así la tarea.
• Malandra: forma argentina de malandrín: maligno, perverso, bellaco. Designa generalmente a la gente de mal vivir.
• Palo a pique: poste clavado profundamente en la tierra. Los llamados corrales de “palo a pique” estaban constituidos por postes puestos unos a continuación de los otros, lo que les daba gran seguridad para resistir los embates de la hacienda chúcara.
• Ande ha de ir el güey que no are: expresión popular criolla, que se refiere, por extensión, al hombre de malos instintos que en cualquier lugar adonde vaya, fatalmente realizará alguna fechoría. Quiere decir don Frutos que siempre será fácil localizarlo por sus malas andanzas.
• Ni un negro’e uña: ni el pequeño espacio en que, en el extremo de la uña, suele depositarse suciedad. Expresión que responde a un habitual gesto gráfico que, señalando el extremo de la uña, se acompaña con la frase: “ni esto…”

EL SUEÑO DEL PONGO

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS A la memoria de Don Santos Ccoyoccossi Ccataccamara. Comisario Escolar de la comunidad de Umutu, provincia de Quisp...